martes, 20 de mayo de 2008

La sombra de la luz

Día lluvioso, son las 6 y media de la mañana. Las gotas de agua retumban en el porche metálico del primer piso. Los cristales de la ventana de mi cuarto recuerdan a cascadas de agua. Enciendo la luz de la habitación después de palpar la pared en busca del interruptor que creía huido. Miro el móvil y encuentro 5 llamadas y 2 mensajes, la primera llamada perdida es la que confirma que mi novia se ha ido a la cama, la otra, de un amigo para quedar ayer por la noche a tomar unas copas, las otras 3 llamadas no tengo ni idea. Me doy cuenta de que son de un mismo número de teléfono, pero paso de buscar en mis agendas olvidadas y me tomo un vaso de leche caliente mientras pienso en que puede ser mala época.
Bajo los tres pisos que me separan de la calle, del frio, de la humedad. Llueve intensamente. Demasiado. Es agua helada que al tocar la cara se deshace como lagrimas en el inmenso mar. No puedo esperar. El semaforo parpadea en verde, un hombre estornuda a mi lado, me tapo la cara con un brazo dejando solo visibles los ojos y corro hacia el lado contrario de la calle. Patino durante un instante, pero finalmente mantengo mi propio control y logro cruzarla con mi autoestima intacta. De reojo observo la caida de una anciana a la que acuden en su socorro varias personas. Oigo las campanas de una iglesia. La anciana es elevada del suelo, camina un par de pasos y parece dar las gracias antes de marchar con paso debil hacia un infinito mejor. Suena el movil.
Veo un coche color gris oscuro que se dirige donde yo me encuentro, el movil deja de sonar. Son ellos, lo sé. Se paran delante de mí mientras los parabrisas se baten en un duelo perdido contra el agua. La puerta trasera más cercana a donde me encuentro se abre con un chirrido y una voz desconocida recita unas palabras que yo debería conocer de antemano. Suenan como una melodia lúgubre. Yo recito las mias. Se oye un trueno estremecedor, miro al frente y tomo aire, oxigeno. Entro en el. Nadie es de fiar pero necesito estar ahí. El coche arranca realizando un rugido espantoso. El semaforo se pone ambar y el conductor acelera aun más. Veo en una ráfaga a la anciana caida llevando un abrigo gris y un paraguas negro. Sus pasos parecen lentos pero decididos. Desaparece deborada por la distancia. Entramos en un tunel. Oscuridad. Los parabrisas siguen funcionando mientras protestan por el desgaste que están sufriendo tontamente. Una cortina de agua se divisa al final de la corta noche. Un coche rojo nos adelanta a toda velocidad. Se oyen sirenas. Sirenas de muerte.
Dias frios y negros de osucuridad absoluta contrastan en un mar de pensamientos con los calidos y soleados de antaño. Todo está cambiando y deberá adaptarse o perderá la partida. La vida. Su figura grisacea emerge dentro de un mar de dudas generadas por la ambición de los grandes jerarcas de las mafias. El, atraviesa sin inmutarse las grandes nubes de humo formadas por la impaciencia de sus allegados. Estos, dejan de cuchichear y miran impasibles el movimiento lento y seguro de la sombra gris mientras apagan el vicio en unos ceniceros metálicos que se encuentran en el centro de la mesa redonda de caoba con insignias en oro y marfil.

1 comentario:

yo misma dijo...

Esto está intersante. Continúa escribiendo que quiero saber...